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Mostrando las entradas etiquetadas como 5. Cuentos con bar de fondo

Lo que queda

Fijate cuánto me gustabas, que esa vez no me importó que el café estuviese quemado.  Fijate que el deseo era tan fuerte que me olvidé del azúcar, pero giré la cuchara nerviosa tratando de triturar un terrón inexistente.  Fijate que dejamos las tazas a un lado, y nos besamos.  Fijate que fue la última vez y no dijimos nada. Caminamos de la mano y nos separamos lento. Pero fijate bien.¿Lo ves? Parece que aún no nos soltamos. texto: Carina Migliaccio ( foto Vivian Maier)

Sortija

La cucharita gira. Y con ella mis pensamientos. Esas son vueltas que alientan la imaginación. Como las de la calesita de infancia, cuando te movía la ilusión de la sortija. Y vaya cosa, ahora, la cuchara en el pocillo de café es mi sortija diaria. Sería lindo atrapar una cuchara en el aire y que el mozo te trajese otro cortadito! Texto : Carina Migliaccio / Bar de fondo.

El orden de las cosas

Primero revolví el café y después me topé con tu mirada. Fue a través del espejo que coronaba la barra. Por eso me costó ubicarte. Pasaron unos minutos, recuerdo que sorbí el café y le faltaba azúcar, y vi que te parabas, listo para partir. Ahora, pensé. Tengo que girar, tengo que verlo de frente. Cuando giré ya no estabas. Es que pasabas por mi lado rumbo a la caja a buscar al mozo distraído. Volví a girar y a quedar como al principio, de frente a la barra. Te vi de espaldas, pagar la cuenta directo al cajero. Pero en vez de quedarme quieta, y sostener la mirada , me puse nerviosa y empecé a buscar no se qué en mi cartera. Ruido cercano. Movimiento. Luego, la puerta que se cierra. Levanté la vista. Espejo quieto. Barra. Cajero. Mozo. Nadie más. ¿Todo en orden? me preguntó el mozo al ver mi cara contraída. Si, gracias- contesté desilusionada. (A veces los viejos amores hacen tambalear el orden de las cosas) texto: Carina Migliaccio // bar de fondo Foto: Vivian Ma...

Cuarentena

En mi taza de café caben todos los bares, dijo la vieja mientras giraba la cuchara. ¿Querés asomarte?, la invitó. La joven le dijo que no, que no era conveniente, que estaba allí sólo para llevarle comida, pero que no podía establecer contacto cercano. ¿Desde cuándo estás tan arisca?, se quejó la vieja. Estamos en cuarentena. ¿ Se acuerda que ayer le conté?, le contestó. Ah, eso. Al final están todos igual que yo, dijo la vieja con algo de satisfacción.  Eso es verdad , ahora no se puede salir, sólo para casos específicos, replicó la joven un poco desesperanzada. Bueno, pero yo tengo algo que nadie tiene. En mi taza de café caben todos los bares. La joven le hizo una sonrisa a la distancia. Ordenó un poco la cocina . Pasó un trapo con lavandina diluída por la mesada. Se lavó las manos con esmero. Y se despidió. La última visión que tuvo de la vieja fue la de verla sentada frente al televisor, con su taza. Lo que no alcanzó a ver es que mientras la vieja giraba la cuchara ...

A primera vista

El café está aguado. Odio cuando pasa eso. Uno pide café en jarrito y los tipos terminan usando la misma cantidad que para un pocillo, el resto es puro agua. No lo pienso dejar pasar. Tengo toda la intención de quejarme, pero cuando miro hacia la barra veo que la máquina de expresso está manejada por un viejito. Tiene movimientos lentos y algo torpes. El mozo está parado al lado metiéndole presión porque no prepara a tiempo los pedidos. Tendría que ser muy hijo de puta para quejarme y decirle al mozo que ese café está aguado y que evidentemente es hora de que cambien el personal. Entonces alzo mi mano y llamo al mozo. Le digo: el café está aguado. Y ahí nomás el mozo me manda al frente y le grita al viejito: — Gervasio, acá el señor se queja de que el café te salió aguado. Y sigue atendiendo a otras mesas. Entonces veo que el famoso Gervasio abandona su puesto, pega la vuelta por la barra y se me acerca. Lleva un trapo rejilla en la mano, el trapo con el que limpia el fierrito...

Una mujer pequeña

No es que sea linda. Debe ser su mirada la que la hace única.  Su mirada que se pierde entre las mesas, sin un punto fijo.  Yo no puedo concentrarme en la lectura, igual dejo el libro abierto, como si de ese modo pudiese disimular que en realidad no dejo de mirarla a ella.  Ella juega con un sobrecito de azúcar, lo aprieta, lo dobla, lo agita. Confía en que no se rompa. Yo en cambio pienso en la fragilidad que la envuelve.  Quiero imaginar una buena historia para ella.  Sus gestos denotan cansancio, como si hubiese pasado toda la noche sentada en este bar.  ¿Y si fuese así?  Esta mujer se me hace que duerme tras la barra. Que es la última en apagar las luces. Que desordena las cucharitas. Que baila entre las mesas cuando nadie la ve.  Y también.  Que sabe soplar la espuma de leche por sobre el café y hacer formas maravillosas.  Que escribe las mejores frases para sobres de azúcar pero no las publica. Que puede estar acá o en c...

Déjà Vu

Busquemos un territorio neutral - dice mi madre. Su voz ronca en el teléfono me trae el pasado. Otra vez me siento una nena. Otra vez me veo en el kiosco de la esquina comprándole Jockey suaves, y guardando las monedas de vuelto para unos Sugus. Y después arrepentida me veo dándole los puchos y las monedas a ella. Ella que está acostada en la cama, despeinada, vestida así nomás con el camisón y un pullover grande, el cenicero entre sus piernas, esperando. Los restos del almuerzo en el plato sobre la mesa de luz. Y yo que entro y le dejo todo y ella ni me mira, ni dice gracias. Ahora en cambio dice territorio. Dice neutral. Sé que no importa lo que yo proponga, terminará eligiendo ella. Acepto ese juego agrio como una forma de terminar lo antes posible la conversación. Nombro un bar, cualquiera, uno cerca de su casa. Después otro. Y otro. Pero ella siempre encuentra una excusa: mucha gente, el café es horrible, yo a ese lugar no voy, ahí nunca te atienden,...

La cuenta por favor

1. Siempre me llamó la atención cuando un hombre pide un ristretto. Acá en Buenos Aires, porque en Roma es otra cosa. Allá es costumbre, acá excentricidad. Cuando un hombre pide un ristretto lo hace con orgullo, con decisión. Supongo que para el público en general puede representar el gesto de un macho, un tipo que se la banca. Va cortito y al pie. Pero yo tengo una hermenéutica un poco diferente sobre el café y sobre los hombres. Para mí, por ejemplo, el tipo que pide un ristretto, es un eyaculador precoz. Se hace el macho, arremete, pero no se banca tanta intensidad por mucho   tiempo. En cambio el que pide café, así, simple, en pocillo, ese es un tipo cumplidor en el sexo. No es que te vaya a volar la cabeza, pero no decepciona. Por ahí si pide el café en jarrito, ya puede ser medio versero, un poco exagerado. El que pide un cortado, en cambio,   es un mediocre, y el que aclara “mitad y mitad” un histérico. Después está el hombre que pide capuchino y que ...

Servilletas

-    Es así flaco. El bar para mí es mi mundo. Acá encuentro mi estado natural. -    ¿Qué querés decir con eso? -    Que sólo en los bares es donde me siento real. Donde puedo pensar. Donde puedo conectarme con lo que realmente quiero. -    Mirá vos. A mí me pasa exactamente lo mismo, pero en el baño. -    Me estás gastando. -    No, para nada, es así. Es la verdad, un poco escatológica por ahí, pero tan cierta como tu teoría de los bares. -    Las cosas más importantes de mi vida pasaron en una mesa de café. Es más, te vas a reír pero yo tengo una caja repleta de servilletitas de los diferentes bares que de algún modo me marcaron. -    Disculpame Rubén, pero eso es una boludez atómica. -    Bueno, si preferís no te cuento. -    No sí. Contame. Soy tu amigo y te banco. ¿Y qué hacés con las servilletitas? ¿Las doblás? ¿Hacés pajaritos? Por ahí ahora resulta que estoy ant...