martes, 3 de noviembre de 2015

Déjà Vu


Busquemos un territorio neutral - dice mi madre. Su voz ronca en el teléfono me trae el pasado.
Otra vez me siento una nena. Otra vez me veo en el kiosco de la esquina comprándole Jockey suaves, y guardando las monedas de vuelto para unos Sugus. Y después arrepentida me veo dándole los puchos y las monedas a ella. Ella que está acostada en la cama, despeinada, vestida así nomás con el camisón y un pullover grande, el cenicero entre sus piernas, esperando. Los restos del almuerzo en el plato sobre la mesa de luz. Y yo que entro y le dejo todo y ella ni me mira, ni dice gracias.
Ahora en cambio dice territorio. Dice neutral.
Sé que no importa lo que yo proponga, terminará eligiendo ella. Acepto ese juego agrio como una forma de terminar lo antes posible la conversación.
Nombro un bar, cualquiera, uno cerca de su casa. Después otro. Y otro. Pero ella siempre encuentra una excusa: mucha gente, el café es horrible, yo a ese lugar no voy, ahí nunca te atienden, no lo conozco, queda lejos.
Vayamos a Las Violetas- dice mi madre.
Entonces me acuerdo. Una tarde luminosa de octubre, es mi cumpleaños. Mi madre se maquilla frente al espejo. Yo estoy con mi  vestido blanco de pequeñas flores bordadas en el canesú. Tengo unos zapatos Guillermina viejos pero lustrados y medias Ciudadela que trepan hasta mis rodillas. Ella promete que me va a pedir una chocolatada y que vamos a comer masas. Muchas masitas, dice. Yo no quiero ni moverme para que todo siga, para que finalmente salgamos y vayamos a Las Violetas. Pero algo se tuerce. Mi madre se pinta frenéticamente los ojos. Grita. Muchas masitas, grita. Y se aplica rouge por fuera de los labios y escupe el espejo. A mí las medias me dan picazón pero no me atrevo a rascarme, quiero ser estatua. Ella sacude las manos, arroja la polvera, las sombras, el rubor. Mi vestido ya no es blanco. Me mira, me dice que estoy sucia, que soy una cochina, que así no puede salir conmigo. Que otra vez arruiné todo.
Vayamos a Las Violetas- dice mi madre en el teléfono. Y yo me voy achicando. Mi voz se vuelve finita y aguda, y digo que sí. Por un instante creo en la redención. Y me entrego con nostalgia a lo que nunca será.

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