lunes, 6 de julio de 2015

La cuenta por favor



1.
Siempre me llamó la atención cuando un hombre pide un ristretto. Acá en Buenos Aires, porque en Roma es otra cosa. Allá es costumbre, acá excentricidad.
Cuando un hombre pide un ristretto lo hace con orgullo, con decisión. Supongo que para el público en general puede representar el gesto de un macho, un tipo que se la banca. Va cortito y al pie.
Pero yo tengo una hermenéutica un poco diferente sobre el café y sobre los hombres.
Para mí, por ejemplo, el tipo que pide un ristretto, es un eyaculador precoz. Se hace el macho, arremete, pero no se banca tanta intensidad por mucho  tiempo.
En cambio el que pide café, así, simple, en pocillo, ese es un tipo cumplidor en el sexo. No es que te vaya a volar la cabeza, pero no decepciona. Por ahí si pide el café en jarrito, ya puede ser medio versero, un poco exagerado.
El que pide un cortado, en cambio,  es un mediocre, y el que aclara “mitad y mitad” un histérico.
Después está el hombre que pide capuchino y que degusta la canela y relame la espuma. Para mí  ese promete buen sexo oral.
Pero los más peligrosos, por lejos, son los que se plantan ante vos y piden una lágrima. Una lágrima es una declaración impúdica de sensibilidad. Y es ahí, ante ese tipo que corres el riesgo de pensar que estás ante un alma gemela, un hombre que tiene bien desarrollado su lado femenino y que por ende te puede enamorar. Indudablemente yo me pierdo cuando estoy delante de un tipo que pide una lágrima.

2.
Rolando se sentó apurado. Llegaba tarde. Pidió disculpas.
Rolando no se parecía mucho a la foto de Facebook. Pero estaba bastante bien. ¿Más años tal vez? ¿Más canas?
Rolando resultó que no se llamaba Rolando, que tenía un perfil falso, que se llamaba Marcelo. Que era casado. Que si yo tenía algún problema con los casados.
Rolando/ Marcelo no paraba de gesticular. Y en cada gesto acercaba más su mano a la mía hasta que logró tomarla y decirme sos linda nena, que piel suave tenés.
Rolando/ Marcelo pidió un té verde.
Y yo me di cuenta de que mi hermenéutica no me servía para un carajo.

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