martes, 18 de abril de 2017

Varela Varelita

Av. Scalabrini Ortiz 2102 (esq. Paraguay)

Por eso de que terminamos visitando lugares lejanos en vez de aprovechar lo mágico que tenemos cerca, terminé dilatando la visita oficial de Bar de Fondo al Varela Varelita. Queda a pocas cuadras de mi casa, fui varias veces a tomar café, pero faltaba la crónica. Así que hoy fui derechito al bar. 
La última vez que había estado había ido con un compañero de  teatro con el que tenía que preparar una improvisación, o sea inventar personajes y una situación, una historia. Recuerdo que nos divertimos un montón planeando nuestro ejercicio teatral mientras tomábamos un café.
Así que el Varela Varelita quedó para mí  como un escenario donde todo se puede reinventar. Una vida entera. ¿Pero no son todos los bares en cierta forma un escenario para montar historias?
Que es el bar al que iba Chacho Álvarez a tomar café, parece una obviedad, pero es algo que ha quedado impreso en la memoria de muchos argentinos.
El bar estuvo cerrado un tiempo por reciclaje, y yo temía que hubiese perdido su identidad. Pero no, se mantiene fiel a sí mismo.
Su frente arte decó empastado de pintura gris,  las inscripciones con su tipografía clásica en los vidrios, los calefactores infrarrojos, los ventiladores y las ventanas guillotina.
Es algo atípico el color de la fórmica de sus mesas: un rosa viejo pastel. Pienso que quizás eso le aporta luminosidad y un toque femenino, que mal no le viene a un café que siempre pensé netamente de hombres.
La zona de la barra se mantiene igual, con sus azulejos celestes y negros en el fondo, la madera algo gastada y los exhibidores de vidrio con pastelería.
El bar expone muchas pinturas, dibujos, fotografías y afiches de películas. No hay una línea clara de decoración pero prevalece un perfil  de ilustración, de memoria y arte.
Desde hace más de 40 años lo maneja Rogelio Mouro, un gallego que se puso al frente del bar que ya existía de antes.
El nombre del local no se debe, como muchos creen, a la orquesta Varela Varelita (muy famosa entre los años 1940 y 1970). En realidad, el apellido del propietario original del café era Varela, y con este colaboraba su hijo, conocido como “Varelita”, para diferenciarlo de su progenitor. De esa combinación padre- hijo nace el nombre del bar.
Hay historias y anécdotas famosas que ocurrieron en ese bar y la que más me gusta es la del escritor Héctor Libertella, habitué del lugar que en su época le hizo creer a los dueños que el whisky  J&B se llamaba así por José Bianco, escritor y jefe de redacción de Sur. Por eso, cuando algún parroquiano pide una medida de whisky se escucha al mozo gritar: “¡Marche un Pepe Bianco!”.
Otra historia que sorprende es que en el puesto de diarios que ocupa la vereda de Paraguay, trabajó Ernesto Guevara, cuando todavía no era “el Che” (vivía a la vuelta, en Aráoz y Mansilla, en el lugar ahora hay un edificio y en la planta baja una ferretería) para poder afrontar los gastos de sus estudios universitarios.
Bar notable desde 2012, y bar notable para los vecinos desde toda la vida. El mozo Javi te arma diseños con espuma de leche , y  te hace girar el vaso como trompo cuando te sirve el agua. 
Si tuviese que definir al Varela Varelita, diría que es un bar que late. Tiene vida propia y marca el ritmo de los porteños bajo el amparo de sus luces y su vidriera abierta al corazón del barrio.







 

martes, 14 de febrero de 2017

Café Rivas


Estados Unidos 302 (esq. Balcarce)


El amor a primera vista existe, y te puede suceder en el Café Rivas.
Al menos eso fue lo que sentí apenas vi su fachada: un edificio antiguo enmarcado por una santa rita fucsia, con un reloj colgante que parece invitarte a detener el tiempo con un café.

El Rivas no siempre se llamó así. En la misma locación existió antes, con parecida fisonomía, el bar Los Loros, y en la planta alta funcionaba el café concert El Nacional. 
No fue declarado notable, sin embargo está en una esquina histórica, y así lo anuncia  una placa que  señala que en ese sitio se encontraba el vértice S.E del tramado urbano de Buenos Aires, en la fundación de Juan de Garay de 1580.

Una vez adentro te encontrás con un espacio íntimo y elegante.
He leído varias descripciones en las que se habla de un estilo afrancesado o inglés.
A mí me recuerda a los cafés de Viena  por el mobiliario de líneas curvas, su madera, las lámparas art deco y su decoración sobria.

La barra curva se extiende a lo largo del salón. Copas y botellas añaden reflejos al ambiente. El esterillado del balcón, lo vuelve aireado.
Contra un ventanal, una lámpara engalana el secretaire  donde se exhibe pastelería.


Tiene un entrepiso pequeño que balconea sobre el salón, ocupado por tres mesas y un piano.
En una de sus paredes cuelga un cello.
Es como una caja de música.
Me siento envuelta en madera. Y también por un rato sumergida en un submundo europeo en pleno barrio de San Telmo.

Texto y Fotos: Carina Migliaccio/ Bar de Fondo.
















martes, 7 de febrero de 2017

Bar de Cao

Av. Independencia 2400

Un paseo por el barrio de mi infancia. Una tarde de lluvia. Un remate en el Bar de Cao.
Me parece que está muy bien tomar un café en un local fundado por dos hermanos, de algún modo cierra el círculo de lo familiar. 
Pero no me voy a hacer la etérea, no señores. Hay otra fuerza que arrastra a este bar. Y son sus jamones colgando ahí sobre la barra, tan al alcance y su promesa de picadas pantagruélicas.
La historia del Bar de Cao comienza en 1915 con una fonda que funcionaba en esa esquina de Independencia y Matheu. Alrededor de 1925 los hermanos Pepe y Vicente Cao, asturianos, provenientes del pueblo de San Tirso de Abres, se hacen cargo del local. Y ahí toma entonces  el nombre de La Armonía, funcionando como almacén y despacho de bebidas.
Pepe manejaba el bar y Vicente el almacén. 
Durante el gobierno de Perón, una reglamentación los obligó a dividir el local en dos: por Independencia estaba el almacén y por Matheu, el bar. La separación la marcaba el mueble en el que se almacenaban fideos, porotos, lentejas, arroz y azúcar que se vendía al peso, y que hoy está ubicado sobre la pared, a continuación de la barra.
Tras la muerte de Vicente en 1999, su hermano Pepe sostiene el negocio sólo 6 meses más. Y en el año 2000 cierra.

Lo que sigue es una lucha de supervivencia. Lo reabre un vecino, fotógrafo, Rosales, y lo llama El almacén. Fracasa. Lo maneja  el músico Jorge Muhary , lo llama Bar de Cao, pero no prospera.
Hasta que es administrado por el grupo gastronómico de Pablo Durán, y es reabierto en 2005 con una fisonomía que respeta el espíritu original y mantiene mobiliario.
 
El local es amplio, profundo, con mesas distribuidas con holgura. Y algo que me encanta, con muchas ventanitas individuales. Por varios rincones el cuadro es igual: una mesa, dos sillas, un ventanal. Y la inscripción de Cao pintada en los vidrios con un fileteado bien porteño.
La barra es larga, gruesa, robusta. Con tapa de mármol y frente en madera. Y detrás, muchas alacenas con botellas de época (tintos, oportos, vinos de postre) . Y destaco dos protagonistas: la cortadora de fiambres y la impresionante heladera con puertas de madera. Enamora, simplemente.
Al fondo del local, en una estantería tres objetos de colección: una caja registradora, una balanza y una máquina vieja de café.
Los pisos de mosaicos granítico, originales. Mesas oscuras, sillas haciendo juego. Aberturas de madera.
Café con budín.

Es una casa. Es una familia. Es el Bar de los hermanos Cao.

Texto y Fotos: Carina Migliaccio/ Bar de Fondo.