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A primera vista


El café está aguado. Odio cuando pasa eso. Uno pide café en jarrito y los tipos terminan usando la misma cantidad que para un pocillo, el resto es puro agua.
No lo pienso dejar pasar. Tengo toda la intención de quejarme, pero cuando miro hacia la barra veo que la máquina de expresso está manejada por un viejito. Tiene movimientos lentos y algo torpes. El mozo está parado al lado metiéndole presión porque no prepara a tiempo los pedidos.
Tendría que ser muy hijo de puta para quejarme y decirle al mozo que ese café está aguado y que evidentemente es hora de que cambien el personal.
Entonces alzo mi mano y llamo al mozo.
Le digo: el café está aguado.
Y ahí nomás el mozo me manda al frente y le grita al viejito:
— Gervasio, acá el señor se queja de que el café te salió aguado.
Y sigue atendiendo a otras mesas.
Entonces veo que el famoso Gervasio abandona su puesto, pega la vuelta por la barra y se me acerca. Lleva un trapo rejilla en la mano, el trapo con el que limpia el fierrito que usa para el vapor. Se me acerca y me dice.
— ¿Algún problema?
— El café está aguado — digo con un tono desafiante.
— Ya sé — responde.
Me sorprende que me dé la razón, así, de una, pero continúo con mi papel de cliente querellante.
— Exijo un café bien hecho.
— No creo que le convenga — me dice el tal Gervasio con un gesto de compasión — Usted tiene la piel un poco amarillenta y yo, que conozco a la gente apenas la veo, pensé que por ahí usted sufría del hígado.
No tuve ni tiempo de reaccionar, el viejito continuó su discurso.
— Y seguramente algún principio de gastritis — agregó.
Empecé a sentir calor. Porque no llegaba a bronca. Era bochorno nomás.
Y Gervasio seguía hablando.
— Entonces, pensé que seguro le habían prohibido el café. Pero claro, usted insiste. Sale de la oficina, se mete en un bar y pide irresponsablemente un café. Así que yo se lo hago aguado, para que al menos no lo perjudique tanto.
Dicho ésto golpeó mi mesa con su trapo rejilla. Como si hubiese marcado territorio.
Y se fue de nuevo junto  a la máquina.
Hasta me pareció que al  volver a la barra tenía un caminar ágil. Lo vi rejuvenecido.
Tiré unos billetes sobre la mesa y grité al mozo: acá te dejo todo pago.
Salí del bar apretando, disimuladamente a través de la tela del bolsillo, las pastillas digestivas que encima, había olvidado tomar esa mañana.
Carina Migliaccio




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