lunes, 26 de enero de 2015

Café de los Angelitos

Av. Rivadavia 2100 (esq. Rincón)

 

Camino por Rivadavia como si estuviese transitando otro tiempo. Y algo de eso hay porque 30 años atrás yo vivía y trabajaba en este barrio. 

Veo fachadas conocidas y descubro casas que ya no están. La ciudad como escenografía. Siempre la pensé así. 

Enfoco desde lejos, con el zoom de mi máquina, la esquina del Café de los Angelitos. Y lo descubro maravilloso.

Cruzo la calle. Antes de entrar lo recorro por afuera y espío a través de los ventanales. Me seduce el fileteado de su nombre en los vidrios.

Entro y me instalo en una pequeña mesa redonda, de frente a la puerta, como si esperase a alguien. No hay nada más lindo que citarse en un bar y ver el momento en que el otro atraviesa la puerta. O adivinar su figura cruzando la calle.

Esta vez juego a esperar. 

 

El interior del café  está habitado por la nostalgia. Con sus fotos antiguas, sus inscripciones, su historia.

Se inauguró en 1890 con el nombre de Bar Rivadavia. Fue lugar de encuentro de compadritos y malandras a quienes , se dice, un comisario llamó irónicamente "los angelitos". En 1920 fue comprado, refaccionado y abierto con el nombre actual.

En 1992 se cierra. En el 2000 sufrió un derrumbe y fue demolido por precaución. Finalmente deciden reconstruirlo y reabre en el 2007. 

Y ahora parece tan sólido.

 

Me gustan sus mesas con tapa de mármol. Me gusta el piso de baldosas. Me gustan las sillas de madera oscura y tapizado verde. Y que sirvan terrones de azúcar.

Me siento refugiada en un  paréntesis que se abre para mí en esta ruidosa avenida.

Suena un tango de fondo. En una mesa cercana un señor mayor acomoda su audífono. Lleva puesta una campera de tela de avión. Hoy hace 32 grados. Él también parece transitar otro tiempo.

 


 

lunes, 19 de enero de 2015

Miserere



La vieja ni habló. Se le acercó y sólo con un gesto le indicó que entre con ella al bar. Con otra seña llamó al mozo.

Los ojos de la piba son tristes y decir esto es un cliché. Pero es difícil encontrar un sinónimo para describir esa mirada.

Tristes: y entonces uno piensa gris, piensa opaco, piensa en un pasado y un presente oscuro.

No debe tener más de 10 años. Pide chocolatada y medialunas. Inspecciona a la vieja que permanece callada pero que escribe. En una servilleta de papel copia todos los números que aparecen en la pantalla del televisor. Son los resultados de la quiniela.

Quizás tenga un billete ganador. Quizás sea solamente un acto compulsivo.

Es tarde y La Perla del Once ya no brilla. Hay algo espeso que se mueve entre las mesas.

La vieja de pronto dice: ¿sabés leer?

La piba mueve la cabeza y dice sí.

¿Y escribir?

Contesta que sí y mira a través de la ventana como chequeando si alguien la busca.

Muy bien. Mañana te espero acá y me ayudas a copiar los números. Y yo te compro otra chocolatada, dice la vieja.

Ahora sonríen. Las dos. 
No es necesario más.

martes, 13 de enero de 2015

La Perla del Once

Avenida Rivadavia 2800 , esq. Jujuy




Hoy inicio la serie de Bares. Y tengo que definir por cuál empezar. Dudo entre elegir uno bien típico, o alguno que sea insignificante pero querido para mí.

Y al final empiezo por La Perla. Porque es parte de la historia del Rock nacional, y como me gusta cantar además de escribir, de este modo aúno dos pasiones.

Además el día ayuda, porque llueve, entonces eso de ir al lugar donde nació La Balsa se me presenta como un guiño cómplice.

Es curioso pero nunca había entrado a La Perla, aunque siempre circulé por esa zona. Fui testigo de su remodelación, pero siempre mirando el bar desde afuera.

No es un café que destaque por su intimidad ni por su estilo.

Sin embargo, me paro ante la puerta, veo las placas: Sitio cultural. Cuna del rock. Una cita de Flores robadas de los jardines de Quilmes. Y algo empieza a latir.

Adentro: fotos de bandas, la imagen de  Tanguito, un LP de Litto Nebbia autografiado. Ya me conquistó.

Tomo un cortado en jarrito. Tarareo mentalmente una canción.

Escribo una historia en mi libreta. Es una historia triste sobre una chica que llega sola a Plaza Miserere y es rescatada por una vieja.

La vieja que viste de negro y está sentada en la mesa de al lado, y que escribe cosas en una servilleta de papel, con una birome que le pidió al mozo.

Pago. Y antes de irme paso por el baño. En la puerta de Ellas y Ellos, están las estrofas de La Balsa.

Me gusta la idea.

La de irme al lugar que yo más quiera.













jueves, 8 de enero de 2015

Oráculo Porteño




Tengo  una amiga que no para de abrir galletas de la suerte. Después se la tira contra los chinos porque le salen frases incomprensibles y una serie de números abajo que no sabe si tiene que jugarlos a la quiniela o si esconden una cifra secreta y única que resume su destino.

En cambio yo apuesto a lo nacional y leo mi suerte en los sobres de azúcar de los bares.

¡Ah…eso sí que es poesía pura! 

¿Ustedes leyeron esos sobrecitos? Quién no. Si están ahí al alcance de la mano.

Quien no jugó alguna vez a cerrar los ojos, tantear y sacar uno, pensando que esa frase le daría un mensaje apropiado para ese momento. Un pronóstico también. Como si fuese una pitonisa urbana que te canta la justa.

Ahora, la cosa se fue deteriorando un poco. Porque antes las frases eran más elaboradas, pedorras, es cierto, pero elaboradas.

A mí me gustaban las de café El Continente. Tenía frases como:

“la posición que se adopta para trepar, es la misma que para reptar”

Y entonces vos leías eso y veías representado exactamente a tu compañero de oficina, ese que no soportás. Y sentías que el universo estaba de tu lado.

O frases como: “Qué es nuestra imaginación comparada con la de un niño que tiende las vías de un ferrocarril con espárragos”

La pucha, flor de imaginación tenía el que escribía esas frases.

En cambio desde hace un par de años, los sobrecitos se renovaron. Se volvieron 2.0.  Y ahora tienen inscriptos tweets.

Con lo cual se me complicó un poco la rutina de leer mi pronóstico porque me aparecen frases como: “mejor lolo que mal acompañado” “mi almohada da unos consejos pésimos” “actitud mata talento”

Y hay que buscarle la vuelta para ver en eso alguna señal.

Pero bueno, es más fuerte que yo. Así que cada vez que estoy en un bar, siempre, irremediablemente caigo en la trampa de los sobres de azúcar. Algunos hasta los conservo. Y los llevo por un tiempo en la cartera. Está bueno llevar a mano el propio destino.



martes, 6 de enero de 2015

Qué Maestro



-          ¿Y vos crees que es fácil entrenarse para esto? Pensá. Pensá todo lo que tuve que desarticular. Pensá por ejemplo en los reflejos condicionados.
-    ¿El perro de Pavlov?
-     Ponele. O sin ir tan lejos, sin ir a los rusos. Vos mismo por ejemplo. ¿Qué haces cuando vas por la calle y escuchas que te llaman? Y no digo siquiera que escuches tu nombre. Si escuchás un chistido, ¿qué hacés?
-    Yo me doy vuelta.
-    Ahí tenés, ¿ ves? Te das vuelta. Te fijás quién chista, o quién te llama. Y te pongo otra. Si por ejemplo ves que a lo lejos una tipa levanta los brazos, o balancea la mano en alto ¿vos qué haces? O te hace un gesto para que te acerques, ¿qué haces?
-    Y yo voy, o a lo sumo le pregunto qué necesita.
-   ¿Ves? Esas cosas vienen con uno.  Otra: ¿vos pensaste lo que cuesta mantener la mirada perdida? ¿Pasar por un lugar atestado de gente y no mirar a nadie?
-    Casi imposible.
-    Exacto. No establecer contacto visual. Eso es definitorio.
-    La verdad no lo había pensado de ese modo.
-    Es así, viejo. Todos esos reflejos, esas cosas que son tan naturales. Todo eso tenés que anularlo para recibirte de mozo.
-    Uh, qué laburo.
-    Pero, cuando uno tiene una meta hay que ir a fondo. El entrenamiento es  duro, pero a la larga se te vuelve automático. Por eso, cuando vos estás en un café y ves que el mozo no te da bola, que sigue su tarea y no te atiende, que no te trae la cuenta, cuanto más te ignore, es que el tipo es un maestro, es  que alcanzó el nivel máximo de anulación de  sus reflejos: superó la propia genética para convertirse en un auténtico servidor gastronómico.
-    Sos grande Víctor.
-    ¡Hago lo que puedo!
-    Bueno, gracias. Y gracias por tomarte el tiempo de charlar conmigo.
-    Es que es parte del oficio. Lograr la fidelización del cliente.
-    Me siento un privilegiado. Che, a propósito, todavía no me trajiste el vuelto, hace como media hora que lo pedí.
-    ¿Ves? Ahí tenés. Me supero cada día. Bancate un rato que levanto un pedido y vuelvo.