sábado, 24 de septiembre de 2016

Las Violetas


Medrano y Rivadavia

Nació un día de primavera, el 21 de septiembre de 1884, y desde entonces Las Violetas florece en la esquina de Rivadavia y Medrano.

Cuando se fundó, la calle Rivadavia estaba atravesada por un tranvía tirado a caballo. La confitería  se plantó con elegancia en una de las paradas del tranvía, contrastando con la pulpería que se ubicaba justo en diagonal.
Entre 1998 y el 2001 estuvo cerrada, y mucho se temió por su pérdida. Pero finalmente reabrió, y los trabajos de restauración salvaron su fisonomía y sus tesoros arquitectónicos.

Entrar allí es perderse en un mundo coqueto y mágico. Es abrir una caja de bombones. Es habitar una caja de música.
Hay que estar muy despierto, para no perderse detalle.
Primero el pequeño mundo de tu mesa: la silla de tapizado bordó, la tapa de mármol de carrara,  la masita de crema que acompaña el café, o la bandeja exquisita del Té María Cala, las servilletitas con el logo violeta, los sobres de azúcar que replican los vitrales.
Luego, echarse a circular por el salón, subir la escalinata, observar la panorámica: espejos, cuadros, tulipas, arañas, columnas engalanadas de dorado, la boiserie lustrada.
Sus emblemáticos vitrales (tiene 80m2 de vitraux) fueron realizados con materiales franceses pero diseñados en Buenos Aires por Antonio Estruch, quien ya había hecho los del Café Tortoni.  

Entrar a Las Violetas nos trae a la memoria imágenes de la Belle Époque.
Su vidriera se engalana de adornos recargados, máscaras, tazas,  globos de corazón, cintas de colores.
Sus vitrinas con tortas ornamentadas y puro placer.
Ante tanto despliegue me invade un recuerdo banal, el de sus sándwiches de miga. Porque de joven yo estudiaba locución muy cerca de allí, entonces a veces antes de volver a mi casa pasaba a comprar esos manjares.

En sus mesas recuerdo haber escrito por primera vez un cuento, con letra desprolija en servilletas de papel, y experimentar la convicción de que yo tenía cosas para contar. No tengo esa servilleta guardada pero si recuerdo la historia. Era la de una sutil despedida de dos amantes apasionados.
Manos que se entrelazan. Manos que se separan. Un café compartido. Una lágrima. 













martes, 6 de septiembre de 2016

El Galeno


Marcelo T. de Alvear 2101 


El Galeno es un café más de Buenos Aires.
Sin embargo es El emporio de los tostados y eso no es poca cosa.
Además es el bar al que voy cada vez que me sacan sangre. Entonces se convierte en un rito, en la satisfacción del café con leche que compensa la extracción.
Es un bar cálido, con paredes machimbreadas y en la parte superior de los ventanales, tiene unos vidrios corredizos esmerilados color marrón amarillento. Eso hace que la luz en su interior siempre vire hacia el ocaso.
Las mesas de fórmica verde con sillas de madera clara pueblan en forma salpicada todo el espacio. No obstante logran que la gente se mueva cómoda.

La decoración es ecléctica, sin dejar en claro cuál es el parámetro que la rige. Hay cartones con las diferentes propuestas de platos. En la parte superior un cuadro con una típica casita de la campiña inglesa. Un reloj redondo con marco de madera de la cía Asturiana, detenido en las once menos tres minutos.
Una lámina de dos caballos blancos que juntan sus cabezas.
Una foto de los tres chiflados en la que Moe le saca un diente a Curly. Algo muy a tono con la facultad de odontología que está enfrente.

La gente que circula es singular. Siempre se muestran activos. Algunos grupos despiertan mi curiosidad. Por ejemplo la mesa de la ochava ocupada por tres señores trajeados que conversan apretadamente. Si esto fuese Sicilia juraría que son mafiosos. Acá, creo que son visitadores médicos. 
O aquel grupo de señoras mayores que degustan sus medialunas como si esto fuese lo mejor del día, como si fuese un gran banquete. 

Algo del ambiente me simpatiza. Creo que todas las personas tenemos un bar preferido, que no siempre tiene un encanto visible. Lo habitan los fantasmas de la melancolía y del sueño. Y en sus mesas nos dan un abrazo en medio de nuestra soledad.









viernes, 2 de septiembre de 2016

Café Nostalgia



Soler 3599
Me pasó algo curioso cuando llegué al Café Nostalgia. De afuera me pareció un bar común y corriente, instalado en una esquina abierta en la que confluye un entramado de calles alborotadas. Sin embargo, todo se convirtió en otra cosa apenas empujé la puerta vaivén de madera gastada.

Entonces apareció ante mí un reducto de dimensiones pequeñas que invita, como su nombre lo indica, a la nostalgia. Una nostalgia sin prefabricar. Las cosas están, simplemente, sin parecer que hayan sido puestas adrede para crear un efecto.
El café ocupa la planta baja de un edificio de siete pisos construido por el arquitecto R. Scarpelli en 1935. El bar fue fundado en 1987, y con tan pocos años ya es considerado un Bar Notable.

Es como un pequeño baúl de recuerdos, un baúl para revolver dentro de la propia memoria emotiva.
Tiene también reminiscencias de patio de una casa antigua, con piso de mosaico, sillones de mimbre en la puerta de entrada, afuera unos toldos algo gastados, mesas de hierro despintadas. Y plantas. La vegetación cubre parcialmente las ventanas, entonces desde adentro uno puede espiar la vida urbana.

¿No les pasa que a veces uno va a un bar para buscar protección? Bueno, yo me sentía así en el Café Nostalgia: camuflada y a salvo, con la  sensación de poder pasar horas sentadas a la mesa, cobijada de la ciudad.
El lugar es cálido. La madera oscura abunda en mesas, sillas, paredes y barra. Un tonel repleto de maníes, te tienta y te invita a servirte en forma libre. Botellas de vodka que devienen floreros, flores silvestres que adornan el lugar.
Hay cuadros de referencia infantil en las paredes: un conejo de Alicia en el país controla su reloj, Snoopy duerme, Winnie the Pooh abraza a un amigo. 
Me gusta. Es un bar sin pretensiones.

Me siento en un jardín olvidado. El tiempo parece volverse elástico. Pido mi cortado. Escribo. Y al rato decido que me quiero quedar, entonces almuerzo. Y al final, cuando me voy, lo hago convencida de que voy a regresar.