lunes, 18 de abril de 2016

Café La Poesía


Chile 502 

No entraba a La Poesía desde que tenía veinte años. La recordaba con el mismo aire intelectual y bohemio que le respiro hoy.
Cuando era adolescente yo me creía re piola por ir a este bar. Como si tan sólo por estar sentada en una de sus mesas recibiese una transfusión de inspiración.
Claro, por esa época recién empezaba mi carrera de Letras, y tenía muy idealizado el tema de los cafés y los escritores. Quien iba a pensar en ese momento que treinta años después iba a estar escribiendo sobre bares. Pero la vida a veces te devuelve tu mejor imagen.

El café La poesía fue fundado en 1982 por el poeta Rubén Derlis, representante intelectual de la generación del ’60 y por el fotógrafo José Raggi. Eligieron por intuición la esquina de  Chile y Bolívar, en la cual funcionaba hasta entonces una tintorería. El bar al poco tiempo quedó sólo a cargo de Rubén Derlis. Durante seis años consecutivos congregó a la bohemia porteña. Allí se creó el Grupo de los Siete, se gestaron los ciclos Jueves con Juglares, Martes de Poesía, Poesía 83/84.
Albergó también una historia de amor emblemática, ya que fue allí donde el  escritor Horacio Ferrer se enamoró de la artista plástica Lucía Michelli, Lulú, a quien le escribió un poema que luego fue hecho vals. Hoy una de las mesas lleva una placa de bronce conmemorativa.

La poesía cerró sus puertas en 1988. Se mantuvo diez años cerrado, hasta que en el  2009 reabrió, con nuevos dueños pero con el mismo espíritu.

El café está dividido en dos espacios conectados por un pasillo: el salón Derlis y el anexo González Tuñón. Está decorado por múltiples láminas, cuadros, diplomas, inscripciones de poetas. Es muy difícil focalizar la mirada en algo particular.
O no, me corrijo. Es imposible no focalizar la mirada en el piano que ocupa una pared del salón principal. Un piano de 1915.

Me siento entonces en una mesa junto al piano. Desde ahí observo el movimiento del bar y me dejo arrastrar por la luz un tanto amarillenta que se filtra por sus ventanales. Es la luz de una mañana algo tormentosa, pero que al amparo de la madera de las  mesas y de la barra robusta y añosa, se vuelve cálida.
No bien vuelco este pensamiento en mi libreta, se corta la electricidad en el café. ¿Habré enfatizado demasiado el tema de la luz? ¿Convoqué a algún dios de la luminaria? Por suerte ya tengo mi cortado servido. 

En La Poesía las servilletas de papel están decoradas con el logo del café: una mano que escribe con una pluma. En la era de los celulares y de las computadoras, este dibujo es un símbolo romántico y siento que me identifica por completo.
Me invade la nostalgia. Pago. Echo una última mirada al interior del bar. Salgo, para entrar, irremediablemente, en mis recuerdos.

Carina Migliaccio






















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