sábado, 25 de julio de 2015

La Paz

Av. Corrientes y Montevideo


El bar La Paz se inauguró en 1944. Fue punto de reunión de la bohemia, la militancia y la vida artística hasta la dictadura. En 1983 tuvo un pequeño resurgimiento pero con menor convocatoria.
Estos son algunos de los datos que se pueden leer en internet sobre La Paz.
Y todo parece tan lejano.

Yo visitaba La Paz en los '80, es decir no viví su época de auge intelectual. Pero aún en esos años se respiraba otro clima. Nunca fue un bar lindo. Tenía mala acústica, y tomar un café en sus mesas implicaba dejarse atravesar por un murmullo creciente. Era fundamentalmente un bar de charla, de debate. Y aún cuando ya no estaban  sus clientes emblemáticos (David Viñas, Rodolfo Walsh, Ricardo Piglia) yo sentía que en sus mesas se barajaban  palabras  con peso y vuelo.

En 1997 se autorizó una controvertida restauración. Algunas cosas se mantuvieron: al menos la fachada perduraba, y el interior, aunque restaurado mostraba un mobiliario similar. La distribución era diferente, pero la vista de la vieja choppera en la barra era un consuelo.
¿En qué año se produjo el desatino de poner un kiosco en el medio de la entrada?
No pude encontrar la fecha exacta, pero esa modificación fue un mazazo arquitectónico.

Sorteo el kiosco y entro. Me siento junto a la ventana.
La clientela es mixta: familias con chicos, grupos de amigos, gente de oficina. El bullicio sigue, pero adivino charlas cotidianas, banales.
Es un bar más.
El mayor encanto me viene dado por los sobres de azúcar, que son de expresso La Virginia. Leo la inscripción: "La verdadera esencia de un momento expresso es que cuando pasa siempre queda una marca"
Puede ser. Al menos algo queda, pienso.  Porque el Bar La Paz permanece como una marca en plena avenida Corrientes, como una señal de que ahí hubo gente que pensó, que soñó, que creó.
Confío, después de todo, en que la inspiración siga rondando sus mesas.











domingo, 12 de julio de 2015

Café Margot

Av. Boedo 857 (esq. pasaje San Ignacio)

 

El café Margot ocupa una ochava maravillosa en el barrio de Boedo. Es  un edificio de dos plantas que fue construido en 1904 y que albergó durante décadas al café Trianón. 
En su historia cuenta con clientela famosa tanto del mundo de las letras ( Raúl González Tuñón, Roberto Arlt), la política (Alfredo Palacios) y el deporte (Mono Gatica, Ringo Bonavena, Sanfilippo). 

Tres cosas son las que más me impactaron del Margot.
La primera es su fachada, con sus carteles fileteados, su puerta de madera y el toldo que crea sobre la vereda un cobijo encantador.
La segunda es su interior:  aire de bodegón, con embutidos que cuelgan sobre la barra, paredes de ladrillo  y una serie de publicidades antiguas.
Y la tercera es el cartel gigante en donde anuncian que allí, en la década del '40 se inventó el sandwich de pavita. ¡Pero yo siempre me limito al cortado ! 

Elijo una mesa al azar, junto a la ventana y descubro una placa de bronce en memoria de Héctor González, quien alentó el renacimiento del grupo "Gran Boedo" (movida artística cultural e independiente que dio lugar al espacio teatral Boedo XXI).
El hallazgo me da cierta satisfacción,  y creo que un buen homenaje es escribir la crónica del bar en esa mesa. 

En el Margot también funciona el apodado Grupo Baires Popular que reúne poetas, periodistas e historiadores que mantienen viva la voz del barrio.

Este lugar  es un compendio y una matriz cultural. En un espacio tan íntimo y relativamente pequeño, parece concentrarse el grito de Boedo de forma tan poética que hace que hasta mi café tenga sabor a verso. Sin embargo, no verseo: el café Margot es de verdad un imprescindible.






 


lunes, 6 de julio de 2015

La cuenta por favor



1.
Siempre me llamó la atención cuando un hombre pide un ristretto. Acá en Buenos Aires, porque en Roma es otra cosa. Allá es costumbre, acá excentricidad.
Cuando un hombre pide un ristretto lo hace con orgullo, con decisión. Supongo que para el público en general puede representar el gesto de un macho, un tipo que se la banca. Va cortito y al pie.
Pero yo tengo una hermenéutica un poco diferente sobre el café y sobre los hombres.
Para mí, por ejemplo, el tipo que pide un ristretto, es un eyaculador precoz. Se hace el macho, arremete, pero no se banca tanta intensidad por mucho  tiempo.
En cambio el que pide café, así, simple, en pocillo, ese es un tipo cumplidor en el sexo. No es que te vaya a volar la cabeza, pero no decepciona. Por ahí si pide el café en jarrito, ya puede ser medio versero, un poco exagerado.
El que pide un cortado, en cambio,  es un mediocre, y el que aclara “mitad y mitad” un histérico.
Después está el hombre que pide capuchino y que degusta la canela y relame la espuma. Para mí  ese promete buen sexo oral.
Pero los más peligrosos, por lejos, son los que se plantan ante vos y piden una lágrima. Una lágrima es una declaración impúdica de sensibilidad. Y es ahí, ante ese tipo que corres el riesgo de pensar que estás ante un alma gemela, un hombre que tiene bien desarrollado su lado femenino y que por ende te puede enamorar. Indudablemente yo me pierdo cuando estoy delante de un tipo que pide una lágrima.

2.
Rolando se sentó apurado. Llegaba tarde. Pidió disculpas.
Rolando no se parecía mucho a la foto de Facebook. Pero estaba bastante bien. ¿Más años tal vez? ¿Más canas?
Rolando resultó que no se llamaba Rolando, que tenía un perfil falso, que se llamaba Marcelo. Que era casado. Que si yo tenía algún problema con los casados.
Rolando/ Marcelo no paraba de gesticular. Y en cada gesto acercaba más su mano a la mía hasta que logró tomarla y decirme sos linda nena, que piel suave tenés.
Rolando/ Marcelo pidió un té verde.
Y yo me di cuenta de que mi hermenéutica no me servía para un carajo.

viernes, 3 de julio de 2015

Roli Bar


Perú y Humberto Primo

 
Era un pequeño bar de San Telmo. No era notable, pero para mí era significativo.
Era la parada obligada cuando con mi mamá hacemos el trámite de supervivencia. Año a año después de pasar por la obra social, nos sentábamos en esas mesas sencillas . Y nos atendía  el dueño, un asturiano parco. Ella tomaba  su té con leche y yo un cortado en jarrito mitad y mitad. Y esa ceremonia íntima era un festejo secreto.


Esta mañana  vine sola, para escribir una crónica sobre el bar, pero las persianas están cerradas. El trapito que cuida mi auto me dice que cerró hace casi un año.  Pienso en mi mamá, pienso a qué bar iremos cuando vengamos a hacer el trámite. Se me cruzan también malos presagios.

Voy al bar de enfrente, pero mi mirada sigue en el Roli.

Recuerdo que por suerte saqué una foto del interior la última vez que estuve, cuando recién pensaba en armar el blog. Saco ahora la foto presente. La foto de la pérdida.

En el primer piso del edificio  está el atelier de Martiniano Arce, un artista del fileteado porteño. La esquina continúa despertando mi fantasía y eso me consuela.

Adiós bar de Roli. Tu persiana negra parece  la placa final de una película. Afuera está la realidad, pero por mí, seguiría viendo la proyección.