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Bar Difei

Córdoba y Fitz Roy

 

En una esquina que parece anónima, con una fachada maltratada por graffitis, y con algunas letras de menos en su anuncio, el bar Difei ofrece un refugio.
Llego una tarde de partido de fútbol  y la ubicación obligatoria es de cara al televisor. 
Así están todos los clientes. Hay un silencio atento.
Es un café antiguo, y el encanto está en ese ambiente barrial porteño, de movimientos simples y algo toscos. Está en la sensación de que ahí sentada podés ser alguien. En la certeza de que el mozo se acerca y te pregunta de verdad "qué querés".
En el Difei preparan guiso de lentejas y de mondongo, pero es de tarde, y me pido un cortado.

El encargado  me cuenta que hace 40 años que trabaja ahí,  pero sostiene que el bar nació por 1930.  
Se entusiasma con el relato y con las fotos, y elige el mejor ángulo para posar.
Hace poco escribí un cuento en donde el dueño de un bar soñaba con incorporar una cortadora de fiambre para darle movimiento y atracción al boliche; así que no puedo más que sonreír cuando veo al mozo manejar la cortadora que tienen a la vista.

El espacio está despojado de adornos, sólo algunas botellas de whisky sobre los estantes espejados detrás de la barra.
Las paredes con machimbre pintado de verde claro, la barra de fórmica y con un reborde revestido en contac imitación madera (me recuerda al contac que usaba en casa para forrar los cajones de la cocina).
Cosas así, tan sencillas, me retrotraen al tiempo de infancia. Como por ejemplo el artefacto de luz atrapa insectos que cuelga en el medio del bar. 
Un rato en este café te zambulle en la ilusión de que el pasado brota en el medio de tu pecho y te susurra la promesa de que siempre se puede regresar.









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