martes, 21 de abril de 2015

Confitería El Molino

Rivadavia y Callao


Tiene el sabor de lo que ya no está. Y el encanto de lo que puede regresar.
Hoy paso por la esquina de Rivadavia y Callao y veo las ruinas de El Molino. Pero igual su figura se impone.  Igual sigue manteniendo para mí el carácter de emblema.
Mis recuerdos de infancia lo incluyen, en esas caminatas que hacíamos con mi mamá rumbo a la plaza del Congreso. Su puertas, que pocas veces atravesé pero que muchas soñé, prometían un espacio de placer y de fineza.
La primera vez que entré a tomar el té a El Molino, pedimos una bandeja de masas (era lo acostumbrado), pero al ver que los precios eran por unidad la devolvimos intacta. Así que yo estaba adentro de la confitería, pero a la vez tan lejos !
Después volví antes del cierre (1997) y pude saborear aquello que antes sólo deseaba.
No tengo una imagen precisa de la decoración sino una serie de parcialidades que se acumulan sin sentido, algo así como tulipas o arañas, espejos, marquetería dorada. Y nada más.
Pronuncio la palabra Confitería, la escribo en este espacio que es de bares y de cafés, y noto la sutileza.
Era más que un bar. Era un mundo.
Ojalá vuelva pronto.


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