viernes, 26 de agosto de 2016

Café Cortázar

Cabrera 3797


El café está emplazado en una preciosa esquina de Palermo, en Cabrera y Medrano. Ya desde su fachada parece  invitarte a sumergirte como en un libro, con la curiosidad de quien busca en las letras una verdad que le revele algo de sus propias emociones.

Este bar está dedicado a la figura y literatura de Julio Cortázar y eso le imprime un carácter y una estética mágica.

Fue inaugurado en diciembre de 2015, es decir, huele a nuevo. Sin embargo, el edificio que ocupa es una casa de 1889 que a mitad de siglo pasado era la carnicería de Don Vichi, transformado luego en la pizzería de Doña Clota y después en el bar Pablo's.
Me causa gracia ese destino de nombres cotidianos y barriales, ahora engalanado por el nombre del gran Julio. Hace que el café se me haga más querible y familiar.

Una de las cosas que más me gustaron  es que en su diseño interior se jugó con dos imaginarios: por un lado un sector de mesas rectangulares, de fórmica y borde de aluminio, típicas de bares porteños; y por otro un sector más francés, con mesas redondas de mármol junto a un gran sofá rojo. La señalización en las paredes alude también a este vaivén entre París y Buenos Aires, y por un rato nos invita a transportarnos como lo hiciera el personaje Horacio en Rayuela, cruzando la ventana para ver a Talita o el mismo Oliveira vagando por los puentes parisinos en busca de la Maga.

Una colorida Rayuela pintada por René Heisecke nos saluda desde la pared. El nombre, en tipografía Olivetti Lettera 22, la misma que usaba Cortázar para escribir, nos hace un guiño. Una biografía rayuelística pintada por el artista Rep nos sorprende  en el primer piso. Y libros, muchos libros de Julio Cortázar a disposición en una gran biblioteca del fondo, para que te sientes y leas mientras tomas un café o comés.

Es un bar para ir haciéndose amigo. Confieso que en una segunda visita me sentí más cautivada que en la primera. 
Será que de a poco nuestros cuerpos parecen apropiarse de las sillas, nuestras manos de la taza de café, y nuestra mente de las ensoñaciones que nacen del acto simple de sentarse en una mesa de bar.


















domingo, 14 de agosto de 2016

Café Roma - La Boca

Olavarría 409 (esq. Ate. Brown)



El Café Roma se sitúa en una esquina del barrio de La Boca.
Abro la puerta vaivén y me encuentro con el pasado. Pero un pasado que se recrea de un modo lúdico, alegre, para nada melancólico.
Desde el mobiliario, pasando por el piso de damero blanco y negro, hasta una colección de objetos y juguetes antiguos que se exhiben en un rincón, este bar te muestra que la historia tiene ahí un lugar para jugar.

Un televisor antiguo, un triciclo, una máquina de café expreso en desuso y un aparato rarísimo que campanea desde la puerta, y que vino a ser algo que yo no había visto nunca: un artefacto para esterilizar instrumentos de barbería y calentar toallas.
En un costado de la barra, el típico cartel ordenanza del siglo pasado “prohibido escupir en el piso” está acompañado literalmente por una escupidera de las que se usaban en la época en que la gente mascaba tabaco. 
El Roma fue inaugurado en 1905 como espacio anexo a una fiambrería,y luego a partir de 1950 convertido definitivamente en bar. Visitado por personajes emblemáticos como Benito Quinquela Martín y Juan de Dios Filiberto, también sirvió de escenario para que Carlos Gardel cantara en La Boca.

Los clientes parecen ser del barrio. Y eso me gustó. En una zona que habitualmente está  salpicada por turistas, el bar mantiene su perfil local. Y si bien tiene una decoración que abreva en algunos estereotipos antiguos (publicidades, letreros, sifones) no parece ser complaciente. No quiere impostar cierto aire. Lo siento un café de ley. La frase me suena maleva, pero me surge en forma espontánea. Miro un grupo de tres hombres de unos 60 años hablando con entusiasmo en una de las mesas. Y pienso que ellos también sienten la honestidad del lugar.

¿Alguna vez se te ocurrió que adentro de un bar se puede respirar aire fresco? Bueno, yo sentí eso en el Roma. Una bocanada de frescura insuflada por esa boca abierta al recuerdo, que reanimó mi corazón de infancia.




  


















viernes, 5 de agosto de 2016

A primera vista


El café está aguado. Odio cuando pasa eso. Uno pide café en jarrito y los tipos terminan usando la misma cantidad que para un pocillo, el resto es puro agua.
No lo pienso dejar pasar. Tengo toda la intención de quejarme, pero cuando miro hacia la barra veo que la máquina de expresso está manejada por un viejito. Tiene movimientos lentos y algo torpes. El mozo está parado al lado metiéndole presión porque no prepara a tiempo los pedidos.
Tendría que ser muy hijo de puta para quejarme y decirle al mozo que ese café está aguado y que evidentemente es hora de que cambien el personal.
Entonces alzo mi mano y llamo al mozo.
Le digo: el café está aguado.
Y ahí nomás el mozo me manda al frente y le grita al viejito:
— Gervasio, acá el señor se queja de que el café te salió aguado.
Y sigue atendiendo a otras mesas.
Entonces veo que el famoso Gervasio abandona su puesto, pega la vuelta por la barra y se me acerca. Lleva un trapo rejilla en la mano, el trapo con el que limpia el fierrito que usa para el vapor. Se me acerca y me dice.
— ¿Algún problema?
— El café está aguado — digo con un tono desafiante.
— Ya sé — responde.
Me sorprende que me dé la razón, así, de una, pero continúo con mi papel de cliente querellante.
— Exijo un café bien hecho.
— No creo que le convenga — me dice el tal Gervasio con un gesto de compasión — Usted tiene la piel un poco amarillenta y yo, que conozco a la gente apenas la veo, pensé que por ahí usted sufría del hígado.
No tuve ni tiempo de reaccionar, el viejito continuó su discurso.
— Y seguramente algún principio de gastritis — agregó.
Empecé a sentir calor. Porque no llegaba a bronca. Era bochorno nomás.
Y Gervasio seguía hablando.
— Entonces, pensé que seguro le habían prohibido el café. Pero claro, usted insiste. Sale de la oficina, se mete en un bar y pide irresponsablemente un café. Así que yo se lo hago aguado, para que al menos no lo perjudique tanto.
Dicho ésto golpeó mi mesa con su trapo rejilla. Como si hubiese marcado territorio.
Y se fue de nuevo junto  a la máquina.
Hasta me pareció que al  volver a la barra tenía un caminar ágil. Lo vi rejuvenecido.
Tiré unos billetes sobre la mesa y grité al mozo: acá te dejo todo pago.
Salí del bar apretando, disimuladamente a través de la tela del bolsillo, las pastillas digestivas que encima, había olvidado tomar esa mañana.
Carina Migliaccio