lunes, 15 de junio de 2015

Bar Difei

Córdoba y Fitz Roy

 

En una esquina que parece anónima, con una fachada maltratada por graffitis, y con algunas letras de menos en su anuncio, el bar Difei ofrece un refugio.
Llego una tarde de partido de fútbol  y la ubicación obligatoria es de cara al televisor. 
Así están todos los clientes. Hay un silencio atento.
Es un café antiguo, y el encanto está en ese ambiente barrial porteño, de movimientos simples y algo toscos. Está en la sensación de que ahí sentada podés ser alguien. En la certeza de que el mozo se acerca y te pregunta de verdad "qué querés".
En el Difei preparan guiso de lentejas y de mondongo, pero es de tarde, y me pido un cortado.

El encargado  me cuenta que hace 40 años que trabaja ahí,  pero sostiene que el bar nació por 1930.  
Se entusiasma con el relato y con las fotos, y elige el mejor ángulo para posar.
Hace poco escribí un cuento en donde el dueño de un bar soñaba con incorporar una cortadora de fiambre para darle movimiento y atracción al boliche; así que no puedo más que sonreír cuando veo al mozo manejar la cortadora que tienen a la vista.

El espacio está despojado de adornos, sólo algunas botellas de whisky sobre los estantes espejados detrás de la barra.
Las paredes con machimbre pintado de verde claro, la barra de fórmica y con un reborde revestido en contac imitación madera (me recuerda al contac que usaba en casa para forrar los cajones de la cocina).
Cosas así, tan sencillas, me retrotraen al tiempo de infancia. Como por ejemplo el artefacto de luz atrapa insectos que cuelga en el medio del bar. 
Un rato en este café te zambulle en la ilusión de que el pasado brota en el medio de tu pecho y te susurra la promesa de que siempre se puede regresar.









martes, 9 de junio de 2015

36 billares

Av. de Mayo 1265

Estuvo cerrado durante un año. Cuando fue comprado por la cadena de pizzerías La Continental, una sombra cayó sobre el bar, y el temor a que poco quedase de su fisonomía original.
Hoy luce restaurado. ¿Qué puedo decir? Que si bien conservó mucho de su aspecto, para mi gusto se ve demasiado brillante.
Ya no está por ejemplo el escenario que ocupaba antes la mitad del salón. Tampoco las cortinas del fondo que separaban de forma misteriosa y hasta con un poco de trampa la zona de juegos al fondo. Y una gigantografía de bolas de billar en una pared me conecta más con un fast food que con un café tradicional.
Pero bueno, eso quizás porque mi mirada tiende hacia el pasado.
Lo bueno: mantuvieron la barra, la marquetería de las paredes, sus lámparas doradas, los pisos, y la sala de billar en el subsuelo está impecable. También un apartado íntimo en donde se ofrecen shows de tango.
Cierto encanto permanece en su vereda, en esos personajes que transitan Av. de Mayo y se sientan en las mesas frente a la fachada del café que promete 36 billares.
El café fue fundado en 1894 y ahí contaba con 36 mesas de billar. Luego pasaron a ser 9 de billar, 6 de pool, 1 de snooker que tiene más de 100 años.
Tomo un cortado rodeada de gente extraña, desigual. Me concentro en el sonido: golpes de carambola se mezclan con el canto de un tango triste. Es lo único que me conecta con la magia. 









martes, 2 de junio de 2015

Oriente Café

Av. Alvarez Thomas 1800 (esq. Plaza)

Las coordenadas de la magia están en el Oriente. Estoy segura.
Ya había pasado por esa esquina, y el bar me había guiñado un ojo, pero yo no había entrado. Hasta hoy, que no me pude resistir.
Lo vi desde lejos con sus paredes blancas y sus cerramientos color verde agua- verde cocina de los años sesenta, o algo así. Color hogar.
Primero lo exploré desde afuera. A través de las ventanas un público netamente masculino espiaba mis movimientos. Amigos. Todos ellos. Saqué una foto y aparecen asomados.
Cuando entré me preguntaron: ¿salimos bien?
No hay forma de que saliesen mal. Son tan genuinos.
Me siento y uno de los hombres de ese grupo se para y oficia de mozo improvisado. Pido mi cortado.
Hay cierto alboroto, porque soy nueva, porque soy mujer y porque saco fotos. Ellos ríen y me contagian.
El bar es viejo, pero se siente joven, animoso, querible. Es sencillo en su trazado y mobiliario.
Las paredes cubiertas de fotos, de publicidades antiguas y de caricaturas. En un dibujo se lee la siguiente leyenda: "Ordenanza 1058. Está terminantemente prohibido burlarse del tamaño y/o forma de la cabeza del señor Vittorio Tomici. Desde ya muchas gracias. La Gerencia".
El nombrado señor Vittorio está sentado en la mesa de al lado.
Hay un revistero a disposición: revistas Gente y curiosamente una colección de Condorito, el personaje chileno. Algo familiar y de infancia flota por ahí.
Detrás de la barra se apiñan diferentes objetos disímiles pero encantadores: un pingüino para vino, una mulita de verdad, una estatuita de delfín. Zoología amorosa. 
Y un cartel: "Horario. Abrimos cuando venimos. Cerramos cuando nos vamos. Y si viene y no estamos es porque no coincidimos".
No hay forma de escapar al encanto del bar. Ya me atrapó.
Pregunto desde cuándo existe. El dueño me dice que el origen es de 1920. Que fue frecuentado, entre otros famosos, por Julio Sosa. Y que ellos lo compraron en los noventa.
Los hombres siguen entrando. Silban, saludan en voz alta, pronuncian nombres. Todos se conocen.
Era el bar que necesitaba habitar hoy. Sin pretensiones. Familiar. Amistoso.
Un bar que se entrega al rito del café, sin pedir mucho a cambio. Sólo charla. Y compartir sueños.