viernes, 29 de mayo de 2015

Servilletas


  Es así flaco. El bar para mí es mi mundo. Acá encuentro mi estado natural.
-   ¿Qué querés decir con eso?
-   Que sólo en los bares es donde me siento real. Donde puedo pensar. Donde puedo conectarme con lo que realmente quiero.
-   Mirá vos. A mí me pasa exactamente lo mismo, pero en el baño.
-   Me estás gastando.
-   No, para nada, es así. Es la verdad, un poco escatológica por ahí, pero tan cierta como tu teoría de los bares.
-   Las cosas más importantes de mi vida pasaron en una mesa de café. Es más, te vas a reír pero yo tengo una caja repleta de servilletitas de los diferentes bares que de algún modo me marcaron.
-   Disculpame Rubén, pero eso es una boludez atómica.
-   Bueno, si preferís no te cuento.
-   No sí. Contame. Soy tu amigo y te banco. ¿Y qué hacés con las servilletitas? ¿Las doblás? ¿Hacés pajaritos? Por ahí ahora resulta que estoy ante un artista de origami.
-   No. Las tengo guardadas nomás. En algunas está escrita una fecha, en otras  algo que me recuerda lo que sucedió en ese bar. Un acontecimiento. Una ocasión especial.
-   Yo lo único que junté en mi vida fueron los boletos capicúas ¿te acordás? En una época te pedían que juntes boletos por caridad, porque compraban una silla de ruedas, o algo así. Pero yo nunca largaba los  capicúas. Por cábala, viste. Andá a saber dónde quedaron.
-   Antes juntaba sobrecitos de azúcar pero un día  descubrí que la caja se había llenado de hormigas. Por eso pasé a juntar  servilletas.
-   Yo hace años que tuve que dejar el azúcar, ahora estoy meta edulcorante.
-   El otro día abrí la caja de las servilletas, ¿sabés lo que encontré?
-   ¿También juntaron hormigas?
-   Estoy hablando en serio.
-   Bueno, a ver ¿qué?
-   ¿Te acordás de Mirta?
-   ¿Mirta la lunga?
-   No, Mirta, la que me volvía loco cuando teníamos veintipico.
-   Ah, la kiosquito.
-   ¿Eh?
-   ¿No te acordás? Le decíamos la kiosquito, porque era chiquita pero tenía de todo.
-   Bueno, esa Mirta. Encontré una servilleta del café de Los Angelitos. Y tenía su nombre y el teléfono.
-   En esa época ese dato valía oro.
-   ¿Sabés que nunca más la llamé?
-   No lo puedo creer.
-   No. Nunca la llamé. Me acuerdo perfecto: me guardé la servilleta en la campera y después la metí en la caja. Y nunca más. No me animé.
-   ¿Y ahora no pensaste en llamarla?
-   Ya fue. Muchos años. Con decirte que el teléfono tenía característica 48, esa que después pasó a 942. Me acuerdo porque mi vieja tenía la misma.
-   Bueno, entonces discá 942.
-   Ahora sería 4-942…
-   Mierda cómo pasa el tiempo.
-   Bueno, eso. Me vino nostalgia, qué se yo. Pensaba que por ahí ella también estaba sola como yo.
-   Como una segunda oportunidad.
-   No creo que siga viviendo ahí.
-   ¿Y te acordás de la vez que tuvimos esa discusión en el Varela Varelita?
-   Sí, claro. Después nos dejamos de ver por seis meses.
-   ¿Y tenés la servilleta?
-   ¿Del Varela Varelita? Puede ser que tenga alguna.
-   No, no digo “alguna”. Digo si tenés esa servilleta, la del día en que nos peleamos.
-   No. No creo.
-   Pero fue algo importante. Y pasó en un bar.
-   Bueno. Pero no guardo todo.
-   Pero dijiste que los momentos que atravesabas, que el estado natural y esas cosas, qué se yo. Por ahí… Para mí fue un hecho importante.
-   Yo ni me acuerdo por qué peleamos.
-   Cómo no te vas a acordar.
-   ¿Vamos pagando?
-   Claro que te acordás. Mirá como te pusiste. Ahora de golpe te querés ir.
-   Para nada. Ya es tarde.
-   ¿Ahora es tarde? Me tuviste una hora hablando pavadas, de servilletas, de Mirta, de lo trascendente de la vida. ¿Y ahora que recordamos la pelea aquella que tuvimos te querés ir?
-   No me acuerdo por qué nos peleamos aquella vez. Pero escuchándote debe haber sido por alguna boludez, típica de las tuyas.
-   ¿Cómo típica de las mías? ¿Me estás diciendo boludo? ¿A mí?
-   No precisamente. Che, ¿pagamos?
-   No, no aclárame eso. Después de tantos años de amistad. Claro, seguro que no querés reconocer la cagada que te mandaste aquella vez. Sabés, ahora que me acuerdo nunca me pediste perdón. Seis meses estuviste sin hablarme. Tuve que salir yo al encuentro.
-   No soy bueno para esas cosas.
-   No sos bueno para llamar a Mirta. No sos bueno para pedirle perdón a un amigo. ¿Para qué mierda sos bueno vos, Rubén? ¿Para juntar servilletas?
-   Estás un poco tenso.
-   Puede ser, ¿pero sabés qué?, ahora me cae la ficha. ¿Cómo era eso del estado natural? ¿De conectarse con lo que uno quiere?  Bueno, justo, me cae la ficha, en un bar, como a vos. Lo más triste es que dentro de diez años ni te vas a acordar. Pero esta vez tomá, guardate la servilletita. Mirá, bien claro te lo escribo acá: Bar Musetta, mayo del 2015. Pelea con Rolo.
-   Así no funciona Rolo. Soy yo el que tiene que decidir si la servilleta es importante. Rolo. Pará…

viernes, 22 de mayo de 2015

Británico Bar

Defensa y Brasil

 

Vuelvo al Británico un día gris y lluvioso. La última vez que había estado allí fue en el 2008.
Es un bar que cerró y reabrió varias veces. Parece que esa intermitencia fuese parte de su carácter. Un vaivén que lo vuelve más deseable.

A comienzos del siglo XX era una pulpería llamada "La Cosechera". Y luego, en 1928 tomó el nombre de "Británico" debido a que lo frecuentaban muchos ingleses que trabajaban por esos años en el Ferrocarril del Sud, y que se hospedaban en un conventillo cercano, en la calle Garay.
Durante la Guerra de las Malvinas, hubo otro cambio nominal: pasó a llamarse Bar Tánico, borrando su referencia a lo inglés.
En la década del '60 fue comprado y atendido por José Trillo, Pepe Miñones y Manolo Pose, figuras emblemáticas del bar.
En el 2006 cierra por falta de renovación del contrato de alquiler, bajo fuertes protestas de  vecinos e intelectuales.
En el año 2007 lo compra Agustín Souza y lo reabre con algunos cambios en el mobiliario.
En agosto de 2014 vuelve a cerrar por problemas financieros. Reabre meses después, en noviembre de 2014.

Y entonces llegamos a este día de mayo de 2015. En el que vuelvo.
Llueve, pero igual me siento en la mesa junto a la ventana que da a la ochava de Defensa y Brasil. La ventana está abierta pero el aire es cálido. Algunas gotas me salpican. Y yo, extrañamente, siento una nostalgia feliz.
No sé si la magia de este bar proviene de la historia, de la literatura que aquí se urdió, del recuerdo de encuentros pasados, de las vías muertas de un tranvía  que todavía perduran en el empedrado o simplemente del Parque Lezama. El Parque, que todo lo captura con su paisaje de árboles, farolas y estatuas, y que observo mojado a través de la ventana.
Creo que es la primera vez que pienso que la escenografía del bar se completa irremediablemente con el afuera. El Bar Británico es uno con el parque.
Pero vuelvo al interior. Las paredes revestidas en madera, espejos gastados, luces simples , algunas fotos antiguas, el piso de baldosas graníticas. Desapareció un panel  que hacía de apartado íntimo en medio del bar. Ahora es toda una superficie, un espacio único. Sin embargo mantiene un matiz secreto. 
Es un bar personal y mítico.
Con el fantasma de  Sábato que en sus mesas escribió parte de Sobre héroes y tumbas.
Di muchas vueltas antes de regresar, tenía miedo de encontrarlo ajeno. Pero no, el bar me fue fiel. Me cobijó. Me dio la oportunidad de vivir un momento rojo dentro de una mañana gris.
Respiro una atmósfera que entreteje amor y sueño.








viernes, 15 de mayo de 2015

La embajada

Santiago del Estero 88

 

Tiene más de 100 años. Nació en 1907 como despacho de bebidas. En 1963 un inmigrante asturiano comenzó a gerenciarlo. Hoy atiende uno de sus hijos.
Eso. Pero sobre todo el aspecto de bar olvidado.
Entro a las 19 hs. y el lugar amenaza con cerrar pronto. La persiana está semi baja y la puerta  está apoyada en la barra lista para ser colocada.
Pregunto si tengo tiempo de tomar café, y me dicen que sí, que cierran dentro de una hora más o menos.
Hay pocos clientes, todos hombres, todos habitués. Me siento en una de las mesas junto a la ventana, como si me intención fuese espiar la noche urbana, pero no, lo que quiero es espiar el interior de ese espacio amplio, despojado y bastante decadente.
Me doy un tiempo para inspeccionar con la mirada y descubro la belleza dentro de lo rústico: la barra de estaño y revestida de cuatro tipos de mármoles, unos grifos con forma de cisne que ya no se usan, la cartelera con letras adosadas al terciopelo que indican el menú.
No hay mucha decoración:  un toro, algunos afiches de España y fotos en blanco y negro. Y los ventiladores.
En el verano vine con una amiga que me acompañó en mi itinerario, pero no pudimos quedarnos, porque era tanto el calor y el olor a humedad que optamos por ir al Starbucks de la esquina.
Pero esta tarde volví y entré. El clima más fresco fue mi aliado. Y pude saborear la simpleza de un ambiente con historia y sin pretensiones. 
Hago tiempo hasta que me parece inminente el cierre. Llega la familia del dueño, entran sus hijos, lo abrazan. Se va el cliente que antes estaba acodado en la barra. 
Pido que me cobren. Saco fotos, mentales y de las otras.
Dentro de un rato un amigo presenta un libro cerca de acá. Brindo metafóricamente con mi cortado por la literatura viva, y porque en cualquier mesa de bar puedan surgir palabras que llenen de ficción este mundo.