martes, 12 de julio de 2016

El Banderín

Guardia Vieja 3601 (esq. Billinghurst)

Es una esquina estrecha. Sin embargo ensancha la imaginación y te hace vivir el encanto del barrio de Almagro.

El bar es chico, pero aún así tiene dos puertas de entrada. Parece un libro que se abre y que despliega sus mesas sólo para que el que entre se siente y se inspire. Y se deje llevar por la lectura de algunos pequeños carteles con inscripciones que cuelgan en sus paredes. Y por la colección de banderines, por supuesto.

Es que el nombre alude a los cientos de banderines de clubes que cuelgan sobre la barra, sobre la ventana, sobre todas las paredes formando una guirnalda deportiva que invita a una fiesta.

Y además letreros como: Si toma para olvidar, garpe antes.  O el mismísimo cartel indicador de la calle Guardia Vieja, que al estar del lado de adentro, te incita a formar juegos lingüisticos que hablan de lo viejo, de guardar, de  un recinto que conserva el pasado.
El Banderín me resulta en esta tarde un gran baúl de esos que cuando los abrís no parás de ver cosas que creías perdidas.

La fundación del café se remonta a 1923 / 29, no hay una fecha definida. Y se sospecha que antes fue una librería, dicen. 
Claro, como muchos bares, nació como almacén y despacho de bebidas, y entonces se llamaba El Asturiano.

A fines de los '50 pasó a manos de  Mario Riesco, fanático de River Plate, que poco a poco fue llenando de banderines el local, no sólo de equipos argentinos, si no también extranjeros; banderines que traía de sus viajes o que la gente le regalaba.

Es un bar cómodo, tranquilo, acogedor. La distancia corta con la barra me permite hacer el pedido desde mi mesa. Y al rato nomás llega mi cortado en vasito. 

Tengo que ser sincera, el piso luce mal barrido. Las puertas crujen. Pero nada me importa, porque parece tan ruido de otoño, tan ocre.
Y además, confieso que prefiero estos bares que dan cuenta del paso del tiempo y no esos que lucen impecables y casi anónimos como si la gente no hubiese nunca estado sentada ahí.