lunes, 6 de junio de 2016

Los Andes

Av. Scalabrini Ortiz 1316


El café Los Andes, es un bar de hombres. Es también un bar de barrio. Y además, fue declarado Bar Notable en el año 2013. Al parecer su dueño no podía creer que le hayan dado esa distinción, y que su bar se codease con otros notables, tan famosos como el Tortoni, por ejemplo.

Pero el mérito lo tiene. Porque si bien en su apariencia prevalece una fisonomía  gastada,  Los Andes tiene espíritu. Y es un lugar convocante que ha sabido mantener su clientela y su personalidad.

No hay muchos datos acerca de su origen y fundación, pero según el mozo que me atendió, el bar funciona desde 1924. Es un bar clásico, antiguo, sencillo. 
Un bar rudo. 

El local posee dos áreas separadas por un tabique machimbrado, que parecen constituir mundos diferentes: adelante, junto a la ventana y contoneando la barra, las mesas que funcionan como en cualquier café; detrás una zona de billar y de juego en la que los amigos se juntan a charlar, a ver los resultados de la quiniela, a desafiarse al truco.

Yo los miro y los saludo desde mi lugar convencional. Me fascina ese murmullo, esos gestos que se dedican entre ellos, esa confianza y fidelidad para con el bar que habitan.

La mayor parte de los clientes son mayores de 60 años. El mozo me cuenta que tienen mesas de billar y una mesa de pool que le gusta a la gente más joven. Yo elijo jugar al pool, no tanto por mi condición etaria, si no más bien porque nunca supe nada de billar.

Hacía tiempo que quería venir a este bar. Porque me atraía su aspecto y el bullicio tranquilo que venía de su interior. Es un bar vivo. Y además, queda a dos cuadras de casa. 
Esta mañana observé el rito de los que comparten un momento de sus vidas en este lugar. O quizás, eso constituye sus vidas.

Trato de adivinar de qué charlan. También intento adjudicarle un rol a aquel señor trajeado, que se separa del resto de los amigos, y que se acerca e intercambia unas palabras con alguno. Hace llamados telefónicos. Sospecho que levanta apuestas. Pero puede que sea sólo parte de mi mente literaria.

Mesas simples, sillas forradas de plástico negro , piso de baldosas, paredes pintadas de verde.
Muy buen café. Precios convenientes.

Y sobre todo, alma.