miércoles, 16 de marzo de 2016

Mar Azul

Tucumán 1700


El bar ocupa la planta baja de un edificio gris de corte racionalista en la esquina de Tucumán y Rodríguez Peña. Se abre literalmente como un mar azul, con esa mezcla de tranquilidad y euforia que nos transmite el mar. Ruidos de autos invaden el lugar como olas urbanas, pero adentro hay una quietud de crucero.

Me encanta. Me conquista apenas entro. 
Es chico. Es agradable. 
Es justo.
Tiene mesas rectangulares con tapa de fórmica amarilla (un color poco habitual en los bares). Una  barra de madera oscura con banquetas verdes, que le da un marco sobrio al espacio. El ventilador de pared impecable con sus hojas brillantes. La pizarra de terciopelo con el menú. Todo está cuidado.

Fue fundado en 1939. Leí por ahí que su nombre se debe a un poema escrito por Arturo Cuadrado, poeta fundador de la editorial Botella al mar. En este café escribió "Prohibido mirar" : “Mar azul. Cielo azul. Blanca vela…”

En un momento  miro por la ventana:  un chico y una chica que venían cada uno caminando por las calles perpendiculares, se encuentran en un beso. Desde la mesa exterior justo en la ochava, un viejo toma una copa de vino y los mira también.
Somos testigos mudos de un amor.


El mozo tiene buena onda. Me dice que puedo sacar las fotos que quiera mientras no moleste a nadie. Así que le saco a todos menos a un señor que está sentado en un rincón y que me mira curioso.  Por ahí en el fondo esperaba que lo incorpore al cuadro.

Hay una colección de botellitas Quilmes alineadas contra la pared. Publicidades antiguas y fotos de la vieja Buenos Aires.
Se respira tranquilidad.  ¿Será esto una isla?

La verdad, no daba dos mangos cuando vi el bar por internet. Y ahora estoy acá, tan contenta.
Señoras y señores. El Mar está tan cerca ! Que casi, casi nos moja los pies. Es cuestión de zambullirse nomás.











martes, 8 de marzo de 2016

Una mujer pequeña


No es que sea linda. Debe ser su mirada la que la hace única. 
Su mirada que se pierde entre las mesas, sin un punto fijo. 
Yo no puedo concentrarme en la lectura, igual dejo el libro abierto, como si de ese modo pudiese disimular que en realidad no dejo de mirarla a ella. 
Ella juega con un sobrecito de azúcar, lo aprieta, lo dobla, lo agita. Confía en que no se rompa. Yo en cambio pienso en la fragilidad que la envuelve. 
Quiero imaginar una buena historia para ella. 
Sus gestos denotan cansancio, como si hubiese pasado toda la noche sentada en este bar. 
¿Y si fuese así? 
Esta mujer se me hace que duerme tras la barra. Que es la última en apagar las luces. Que desordena las cucharitas. Que baila entre las mesas cuando nadie la ve. 
Y también. 
Que sabe soplar la espuma de leche por sobre el café y hacer formas maravillosas. 
Que escribe las mejores frases para sobres de azúcar pero no las publica.
Que puede estar acá o en cualquier lugar del mundo pero que cada vez que entra a un café se siente protegida. 

Que siente que el bar es su casa y que mirar por la ventana es la única forma de no morir.  
Su cuerpo se acomoda en tan poco espacio que el respaldo de la silla le queda grande.
Miro sus pies. Los zapatitos cuelgan y llega apenas con sus punteras a tocar el piso. 
Es una mujer pequeña. Es verdad. Sin embargo la pienso inabarcable.