lunes, 28 de diciembre de 2015

Rond Point

Av.  Figueroa Alcorta 3009

Enclavado en una esquina emblemática de Palermo Chico, este bar es a mis ojos un lugar clásico porteño. Ahora convertido en un café temático, auspiciado por la marca Audi, conserva sin embargo su personalidad.

Nace en el año 1939, y en su origen era poco más que un chalet de estilo inglés. En 1971 se amplió e incorporó otro piso. Y en los años '80 pasó a ser lugar obligado de empresarios, políticos, deportistas y personajes de la farándula.

Tengo que ser sincera, siempre vi a este bar como un reducto  algo snob, de alto poder adquisitivo y también con cierto matiz de trampa. Pero también  siempre me atrajo su fisonomía y su ubicación.

Así que para mí  entrar a Rond Point es toda una aventura. Atravieso sus puertas y adentro descubro un espacio elegante que  me acoje con calidez. Sus mozos me atienden con amabilidad, permiten que saque fotos y  hasta uno  posa.

Es una gran vidriera; afuera el verde de Palermo, adentro la clientela, con personajes que alternan formalidad con rasgos un tanto caricaturescos.

Un gran espejo y mucho vidrio. Madera. Cuero. Modernidad. 
Café excelente, con buena fortaleza y sabor seco. 

Juego a sentirme glamorosa. Escribo en mi Moleskine con un aire ejecutivo. Me dejo cautivar por la atmósfera de Rond Point. Sin vueltas.








viernes, 4 de diciembre de 2015

El Gato Negro

Avda. Corrientes 1669

Nació como almacén de especias en 1927 , fundado por  Victoriano López Robredo, un español aventurero que vivió cuarenta años en Ceylan, Singapur y Filipinas.

En 1997 se ponen las primeras mesas para aquellos curiosos que querían ver cómo se molía café.
Gracias a eso hoy podemos estar sentados en las preciosas sillas thonet y espiar las alacenas. Asistir al movimiento danzante de quienes abren frascos y liberan aromas insospechados.


Si pasás por la puerta de El Gato Negro vas a sentir que una fuerza invisible te arrastra primero a su vidriera y luego a su interior. Apenas entrás te invade el perfume de las especias y ya no podés actuar con  la razón. Te dejás llevar por los sentidos. Revoloteás aquí y allá mirando objetos, estudiando condimentos, revisando latas. Hasta que te ubicás en una mesa y pedís un café.

El lugar es ocre, es sepia, es una foto que se hace realidad.  Así lo veo yo. Por la madera, por el color del café, por el paso del tiempo. 
El espacio tiene columnas y eso me gusta, porque no todo se deja capturar de un solo vistazo: hay escondites, hay una escalera que da al salón de té, hay mesas arrinconadas. 

Y hay viaje.
Porque este café es un  pasaje a Oriente, acá nomás, en pleno Buenos Aires.