jueves, 19 de noviembre de 2015

La Giralda

Av. Corrientes 1453

Es una tarde calurosa en Buenos Aires, por eso, aunque visito La Giralda, no me pido una chocolatada con churros aunque sé que es  la combinación más famosa de este bar. Pido un simple cortado en jarrito. Y no está nada mal mi pedido, porque acá te lo sirven en vasito de vidrio con un soporte metálico que le da personalidad. Además el sabor es buenísimo.

Algo me retrotrae a la infancia, puede ser el letrero luminoso que anuncia: Chocolate con Churros- submarinos-sandwiches - y remata con la marca Toddy. 
El interior del bar me parece el de una escuela, con los pupitres bien ordenados. Las mesas son rectangulares y chicas, con tapa de mármol blanquecino y las sillas de madera clara. Elijo una junto a la ventana.

Voy a usar una expresión llana: La Giralda es encantadora.
Puede verse simple, añeja, algo gastada, pero a mí me seduce.
Sus paredes estén revestidas de azulejos blancos hasta media altura que rematan en una boiserie de madera y espejos labrados con motivo de flores (un toque antiguo levemente cursi pero amoroso a la vez).
Lo que termina de definir su carácter  son sus mozos, vestidos de forma clásica:  pantalón negro, camisa blanca y ...moñito. Si, moñito negro. 

La cajera, una señora mayor, muy diligente pero seria no me otorga permiso para sacar fotos en la zona de la barra. Me quedo con ganas de registrar de cerca unas vitrinas mágicas en la que se exhibe una colección de botellas miniaturas. Así que si visitan La Giralda, presten atención a ese detalle.

Por un momento pienso en una travesura ingenua: sacarle una foto a la cajera o  deshacerle el moñito a un mozo. 
Y aunque no hago nada de eso me retiro con una pícara sensación de felicidad.











miércoles, 11 de noviembre de 2015

Café Victoria

Entre Ríos 114 [esquina Hipólito Yrigoyen]


En 1860 en esa esquina había una pulpería. En 1912 en la misma esquina nace el café Victoria. Es que la calle Hipólito Yrigoyen por aquellos años se llamaba Victoria.
Yo de eso no sé nada. Son cosas qué leí nomás.
Lo que sé es que llego al café una tarde soleada. La visión de la plaza del Congreso me pone de buen humor porque me recuerda a mi infancia. Y me alegra que el café esté abierto. Simplemente eso.

El café había cerrado en el año 2002 y fue re abierto en el  2008. Pero después otra vez permaneció cerrado durante un año hasta que en febrero de 2015 abrió sus puertas nuevamente.

Luce  renovado pero mantiene su carácter tradicional, con sus sillas tapizadas en rojo, sus lámparas art decó, su barra con toques de madera pulida.
Hay gente y sin embargo yo respiro confianza y comodidad. Hasta el  movimiento de los mozos se me hace tranquilo.

Los espejos del café Victoria otorgan un detalle de inesperada elegancia dentro de un bar que no destaca por su fineza pero sí por su solidez emocional.

Tomo  un cortado y por un momento siento que viajo en un  vagón de  tren. 
Soy una paseante urbana. Puedo mirar a través de las ventanas y ver la ciudad como un paisaje agitado, mientras adentro hay una relativa calma.
Y eso me parece más que suficiente para justificar una visita a este café bien porteño.




martes, 3 de noviembre de 2015

Déjà Vu


Busquemos un territorio neutral - dice mi madre. Su voz ronca en el teléfono me trae el pasado.
Otra vez me siento una nena. Otra vez me veo en el kiosco de la esquina comprándole Jockey suaves, y guardando las monedas de vuelto para unos Sugus. Y después arrepentida me veo dándole los puchos y las monedas a ella. Ella que está acostada en la cama, despeinada, vestida así nomás con el camisón y un pullover grande, el cenicero entre sus piernas, esperando. Los restos del almuerzo en el plato sobre la mesa de luz. Y yo que entro y le dejo todo y ella ni me mira, ni dice gracias.
Ahora en cambio dice territorio. Dice neutral.
Sé que no importa lo que yo proponga, terminará eligiendo ella. Acepto ese juego agrio como una forma de terminar lo antes posible la conversación.
Nombro un bar, cualquiera, uno cerca de su casa. Después otro. Y otro. Pero ella siempre encuentra una excusa: mucha gente, el café es horrible, yo a ese lugar no voy, ahí nunca te atienden, no lo conozco, queda lejos.
Vayamos a Las Violetas- dice mi madre.
Entonces me acuerdo. Una tarde luminosa de octubre, es mi cumpleaños. Mi madre se maquilla frente al espejo. Yo estoy con mi  vestido blanco de pequeñas flores bordadas en el canesú. Tengo unos zapatos Guillermina viejos pero lustrados y medias Ciudadela que trepan hasta mis rodillas. Ella promete que me va a pedir una chocolatada y que vamos a comer masas. Muchas masitas, dice. Yo no quiero ni moverme para que todo siga, para que finalmente salgamos y vayamos a Las Violetas. Pero algo se tuerce. Mi madre se pinta frenéticamente los ojos. Grita. Muchas masitas, grita. Y se aplica rouge por fuera de los labios y escupe el espejo. A mí las medias me dan picazón pero no me atrevo a rascarme, quiero ser estatua. Ella sacude las manos, arroja la polvera, las sombras, el rubor. Mi vestido ya no es blanco. Me mira, me dice que estoy sucia, que soy una cochina, que así no puede salir conmigo. Que otra vez arruiné todo.
Vayamos a Las Violetas- dice mi madre en el teléfono. Y yo me voy achicando. Mi voz se vuelve finita y aguda, y digo que sí. Por un instante creo en la redención. Y me entrego con nostalgia a lo que nunca será.