jueves, 30 de abril de 2015

Espiral




Desde la mesa donde está sentada, lo ve a él. Completo. Y sabe que si inclina apenas un poco su cuerpo hacia adelante y deja que su figura  aparezca en la ventana, él, que está en el bar de enfrente, podría quizás también verla.
Ella piensa en todo lo que  podría pasar si él la viese.

Podrían pasar varias cosas. Todas malas.

El podría por ejemplo mirarla y seguir conversando con el par de amigos con los que está tomando café.

También podría mirarla y levantar la mano. Saludar  a  distancia.

O podría acaso verla y hacerse cargo de ese encuentro azaroso. Cruzar la calle hasta el bar donde ella está en este momento. Acercarse a su mesa, darle un beso e incluso sentarse un rato a charlar con ella.

Si esto ocurriese, ella tendría que  tolerar primero ese beso. Y después, tendría que  hablar, articular una palabra al menos.

Y no sabe si la voz le saldría clara, si podría decir algo coherente.

Y sobre todo no sabe si su voz estaría bajo su control, o si por el contrario empezaría a decir cosas por su cuenta. Si no  largaría complicadas frases, reproches o simplemente aquella pregunta que desde hace meses la persigue como un zumbido: ¿qué queda de lo que vivimos?

Y una vez lanzada la pregunta, ya no habría marcha atrás.

Por eso es prudente. Y no tira el cuerpo hacia adelante. En cuanto lo vio, se quedó agazapada, se pegó a la pared. Encontró un  ángulo que  le permite una visión oblicua, algo distorsionada de él.  Lo estudia con avidez. Registra sus gestos, los cambios en la cara  y en el cuerpo. 

El café se enfría, porque la taza está fuera del radio que la protege de la mirada de él.

Respira agitada, siente una leve náusea cuando recuerda. Intenta relajarse.  No lo logra. Se percibe a sí misma como una casa abandonada. Sacude su cabeza y la imagen se disuelve. Y otra vez se ve a sí misma sentada en el bar con su cabeza pegada a la pared, espiando por la ventana hacia el bar de enfrente, en cuyas mesas ubicadas en  la vereda, se encuentra él, a quien no ve desde hace diez años.

Tiene ganas de fumar. Pero sabe que bajo estas circunstancias es imposible salir a fumar a la calle.

Igual  toma sus  Camel y saca un cigarrillo. Juega con él girándolo entre dos dedos,  escucha lejano el suave crujido del tabaco. También se lo apoya apenas sobre los labios. Tira un poco la silla hacia atrás para estar más protegida.  Observa el paquete y lo inspecciona. Añora el viejo diseño con su gráfica complicada, barroca. Ahora ya no se pueden ver las figuras ocultas en el cuerpo del camello.

Lo mira a él.

El se muestra suelto, alegre. Él extiende sus brazos hacia arriba, gesticula, luego pone sus dos manos sobre la nuca y se recuesta en un respaldo inexistente. El cuerpo tirado hacia atrás, cómodo. Ríe. Y las personas que están con él también ríen.

Ella necesita salir. Pero antes tiene que pagar. Pide la cuenta.

Ahora se pone a buscar la billetera. El apuro hace que descuide sus movimientos.

Deja dos billetes. Prefiere ser generosa y no esperar el vuelto.

Planea salir por la otra puerta.

Al correr la silla tira su cuerpo hacia adelante. Invade  ahora parte de la ventana.

No quiere mirar. No quiere ver si él la está mirando. Se apura, toma la cartera, atraviesa el espacio hacia la puerta lateral, esquiva mesas. Sale.

Comienza a caminar. Unos pasos. Se detiene, busca sus cigarrillos. Saca uno. Lo prende. Aspira. Exhala.

Y escucha la voz de él agitada, muy cerca. A sus espaldas.





lunes, 27 de abril de 2015

La Academia

Callao 338

Hoy tengo un día azul. Y eso significa para mí un día atravesado por la nostalgia. Es que estoy caminando las cuadras del barrio de mi infancia.
Entonces tengo el impulso de entrar en  La Academia. Nunca había entrado. Lo asociaba con un bar masculino, quizás por su fachada, o por la presencia de billares. Pero hoy me dieron ganas. Y acerté.
Porque su espacio interior me proporcionó un cobijo perfecto para transitar este tiempo azul que me invadió.
Sin embargo, la gama de colores que se despliega ante mí es fundamentalmente verde [paredes y  paños de las mesas de billar] y bordeaux. 
Abundan los detalles en madera, los faroles [sí, faroles como si esto fuese un patio en pleno Callao], espejos y relojes. 
Los ventiladores de techo agitan el viento de otra época. Hacen juego con el otoño.
La Academia. Firme en la gran urbe, desde 1930.
Me siento junto a la ventana y pido un cortado.
Escucho el ruido de los tacos y las carambolas. Sé que antes de irme voy a visitar la zona de billar. 
La decoración me sorprende: cuelgan vinilos entre los que descubro el mítico long play de colores del viejo programa de TV Alta Tensión. 
Aprovecho y hago un paneo final, desde el fondo hacia la entrada. El bar me llena, me suspira, me conmueve.







 

martes, 21 de abril de 2015

Confitería El Molino

Rivadavia y Callao


Tiene el sabor de lo que ya no está. Y el encanto de lo que puede regresar.
Hoy paso por la esquina de Rivadavia y Callao y veo las ruinas de El Molino. Pero igual su figura se impone.  Igual sigue manteniendo para mí el carácter de emblema.
Mis recuerdos de infancia lo incluyen, en esas caminatas que hacíamos con mi mamá rumbo a la plaza del Congreso. Su puertas, que pocas veces atravesé pero que muchas soñé, prometían un espacio de placer y de fineza.
La primera vez que entré a tomar el té a El Molino, pedimos una bandeja de masas (era lo acostumbrado), pero al ver que los precios eran por unidad la devolvimos intacta. Así que yo estaba adentro de la confitería, pero a la vez tan lejos !
Después volví antes del cierre (1997) y pude saborear aquello que antes sólo deseaba.
No tengo una imagen precisa de la decoración sino una serie de parcialidades que se acumulan sin sentido, algo así como tulipas o arañas, espejos, marquetería dorada. Y nada más.
Pronuncio la palabra Confitería, la escribo en este espacio que es de bares y de cafés, y noto la sutileza.
Era más que un bar. Era un mundo.
Ojalá vuelva pronto.


miércoles, 8 de abril de 2015

Bar Plaza Dorrego

Humberto Primo y Defensa


Llego a la noche. Y no lo reconozco. La última vez que había estado en este bar estaba lleno de turistas, cerveza y maní.
Hoy lo descubrí otro. Silencioso, íntimo.
Pocas mesas ocupadas y sin embargo adentro algo late.
Lo primero que me conquista es la puerta  y el  par de vitrinas con botellas antiguas: ginebra, cognac, anís.
Después las mesas y paredes revestidas de madera, cubiertas de inscripciones anónimas, como pupitres marcados.
Y la famosa foto del encuentro entre Borges y Sábato (1975).
En un lateral , una máquina antigua de café expresso  y un mueble  especiero de la época en la que allí funcionaba el bar almacén  El imperial.
Frente al Dorrego hay un Starbucks nuevo, bellísimo, pero que sólo me inspira la tristeza de saber que antes ahí  se alzaba una casa de antigüedades imponente y sagrada.
Yo me quedo con El Dorrego. Siento que se planta firme como un árbol más de la plaza de San Telmo.
Me quedo con sus mesas escritas. Con sus luces de tulipas amarillas.
Me quedo con el aire bohemio,  intelectual y libre que alguna vez albergó.
Me quedo con los sueños que me inspira. Y con su aroma a verdad.

Texto y fotos: Carina Migliaccio/ Bar de fondo.